Joseph von Sternberg

(Joseph o Josef von Sternberg; Viena, 1894 - Hollywood, 1969) Director cinematográfico austriaco. Perteneciente a una familia de la clase media judía de Viena, Joseph von Sternberg recibió una sólida formación estudiantil en Austria y Estados Unidos antes de entrar a trabajar, como montador, en una compañía de Nueva Jersey. Fue ayudante de varios directores y actor en el teatro británico hasta que George Arthur le propuso dirigir The Salvation Hunters (1925), su debut en la gran pantalla y un éxito inmediato. Mary Pickford intentó contratarlo, pero finalmente fue la Metro Goldwyn Mayer quien se lo llevó a sus estudios.


Joseph von Sternberg

Los comienzos para la compañía no pudieron ser más desesperantes: The Masked Bride y La elegante pecadora debieron ser terminados por directores de mucha menos categoría que el austriaco, y The Sea Gull, encargado por Charles Chaplin para gozo y lucimiento de la actriz Edna Purviance, no fue visto más allá de la sala privada del estudio. Pero en 1927, partiendo de una historia de Ben Hecht, rodó para la Paramount La ley del hampa, considerado el primer filme de gángsters de la historia del cine y, desde luego, un modelo a imitar para las obras de este género que llegarían posteriormente. Al año siguiente, Joseph von Sternberg corroboró su maestría dirigiendo Los muelles de Nueva York (1928), donde un George Bancroft espléndido interpreta a un marino borracho y pendenciero, redimido por el amor de una mujer.

Sternberg llamó a Estados Unidos al gran actor alemán Emil Jannings para protagonizar La última orden (1928), donde Jannings daba vida a un despótico general ruso que, tras la revolución, se veía forzado a interpretar papeles de extra en el naciente Hollywood. El mismo Jannings recomendó a Sternberg que volviera a Europa para dirigir El ángel azul (1930), una versión de la obra de Heinrich Mann que sería la primera producción sonora alemana. Marlene Dietrich encarnó en ella a la ardiente y cruel cabaretera Lola Lola, que cautiva a un viejo profesor (Emil Jannings) hasta arruinar por completo su vida. El filme convirtió a Marlene Dietrich en una estrella internacional y en todo un sex symbol, y dio una gran celebridad al mismo Sternberg. Juntos volvieron, en olor de multitudes, a los Estados Unidos, iniciando una colaboración que, en el corto espacio de cinco años, haría historia en el cine.

En Hollywood, Joseph von Sternberg llevaría a Marlene Dietrich a los más exóticos escenarios: desde el ardiente desierto marroquí hasta la España andalusí, desde la oriental Shanghai hasta la barroca Rusia imperial. En la primera de estas producciones, Marruecos (1930), Sternberg situó en el país norteafricano un mundo en el que todo podía pasar, donde se cruzaban legionarios (Gary Cooper), cantantes de cabaret (Dietrich) y ricos sin escrúpulos (Adolphe Menjou). La aparición de Marlene Dietrich en traje de hombre y la manera en que besó a una espectadora figuran entre los momentos fulgurantes no sólo de la película, sino de la historia de este arte.


El ángel azul (1930)

En Fatalidad (1931), con Marlene Dietrich en el papel de la espía X 27, Joseph von Sternberg, jugando a describir a todo personaje que le resultaba extraño, pulverizó todas las convenciones de las películas de espías y creó un universo excepcional ambientado en la Viena de 1915. Principalmente, a Sternberg no le interesaban las intrigas de espías y patriotas, sino las pasiones, inherentes a los seres humanos, que unen y separan a los personajes. En 1931 rodó sin Dietrich Una tragedia humana, película basada en la novela de Théodore Dreiser que fue uno de sus fracasos comerciales y de crítica más sonados. Sólo Sylvia Sidney se salvó en este filme, que dos décadas después sería objeto de un remake titulado Un lugar en el sol (George Stevens, 1951).

El reencuentro entre director y estrella no se hizo esperar; un año después llegó su tercera colaboración hollywoodiense y su más grande éxito comercial: El expreso de Shanghai (1932). De Pekín a Shanghai, a ritmo de las peripecias de un viaje por tren y a través del retrato de cada uno de los personajes que Sternberg nos muestra, El expreso de Shanghai va tejiendo una de las más bellas historias de amor jamás contadas por el cine. En el filme de Sternberg, el hombre es orgulloso, susceptible, demasiado dado a juzgar por la apariencias; la mujer, sin embargo, es impasible y siempre digna, a pesar de los impulsos de pasión que de vez en cuando la atraviesan. Estos impulsos fueron muy controlados en la siguiente producción de Sternberg con su musa germana, La Venus rubia (1932), donde Marlene Dietrich es una abnegada madre y esposa que se sacrifica por su hijo y su marido, aunque está locamente enamorada de un casi imberbe Cary Grant.


Marlene Dietrich en El expreso de Shanghai (1932).

Dos años después, Sternberg rodó una especie de biografía (totalmente alterada) de Catalina II de Rusia, inspirada en el diario intimo de la zarina: Capricho Imperial (1934). Sternberg propuso en esta obra un auténtico poema visual, barroco y exuberante, sobre la transformación de una joven chiquilla pura e inocente obligada a cambiar incluso de nombre y dominada primero por el corazón disoluto de la emperatriz Elisabeth Romanov, y después por su marido, el gran duque Pedro III. Sin apoyo moral de ninguna clase, la protagonista sufre una metamorfosis de víctima a dominadora, y toma conciencia de su poder erótico. Incomprendida en el momento de su estreno, hoy nadie duda del genio que desarrolló Sternberg en esta obra, a pesar de su manifiesta extravagancia.

La última de las colaboraciones Sternberg-Dietrich fue una auténtica curiosidad, casi histórica: El diablo era mujer (1935). Basándose en la novela La mujer y el pelele de Pierre Louÿs, Sternberg repitió una vez más las constantes habituales de sus trabajos con la actriz: la perversión femenina, el erotismo exacerbado, los diálogos crudos y crueles y la intromisión en las vidas de unos personajes enajenados por la belleza o por el poder de seducción de la mujer, diablo para la sociedad y destino fatal para los hombres, dispuestos a arruinarse por conseguir sus encarecidos favores.

De las películas posteriores a la era Dietrich, dos fueron muy apreciables, cada una por distintos motivos. La primera fue El embrujo de Shanghai (1941), un maravilloso filme negro de suspense y exotismo que contaba con la impagable presencia de Gene Tierney, más bella que la Dietrich, pero de erotismo menos salvaje. Tan barroca como sus cintas anteriores, la atmósfera de depravación y lujuria que Sternberg creó en esta cinta ha conseguido que muchas veces no sea incluida dentro del género negro. La segunda fue La saga de Anatahan (1953), un poético estudio sobre unos soldados japoneses olvidados en una isla al final de la Segunda Guerra Mundial. El erotismo esta vez no se encuentra tanto en su personaje femenino, sino en el hecho de que dicho personaje es el único entre un grupo de hombres solos.

Josef von Sternberg (como en el caso de otro insigne cineasta austriaco, Erich von Stroheim, el von fue añadido para dar glamour a su nombre) es considerado como uno de los grandes directores del dorado Hollywood de los años treinta. Fue dos veces nominado al Oscar, por Marruecos (1930) y El expreso de Shanghai (1932), pero nunca recibió la preciada estatuilla. Hoy en día es principalmente recordado por los siete filmes que rodó al servicio de la legendaria estrella que él mismo creó: Marlene Dietrich.

De sus muchas cualidades, cabe ver en Sternberg a un maestro de la fotografía, a un genio en la creación de ambientes, superando y casi convirtiendo en virtud el inconveniente de rodar en los estudios. Nunca hizo una película en color, pero la rica textura de sus imágenes conseguía por sí sola un color especial; si algo había aprendido sobre los experimentos del primer cine alemán fue el modo de crear fascinantes y heterogéneas atmósferas a través del uso expresionista de las luces y las sombras.

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