Adolf Hitler

La Primera Guerra Mundial dejó una Alemania derrotada política y económicamente. El antiguo Imperio alemán, prácticamente desmantelado, había dado paso a la República de Weimar, pero la inoperancia de aquel sistema liberal sólo causaría frustración, especialmente tras la crisis económica de 1929. Las onerosas reparaciones de guerra y demás condiciones humillantes del Tratado de Versalles alimentaban en la población un sentimiento revanchista. Todo ello, unido al arraigo de su tradición militar y del nacionalismo romántico según el cual el Estado era la encarnación del espíritu del pueblo, así como ciertos hábitos autoritarios de la sociedad alemana, constituía un excelente caldo de cultivo para la emergencia de los nuevos totalitarismos que empezaban a imponerse en la Europa de entreguerras, como el fascismo italiano.


Adolf Hitler

Adolf Hitler añadió al fascismo el orgullo racial para formar la mezcla explosiva y paranoica que galvanizaría a toda una nación. Consiguió el apoyo de un ejército herido en su honor; de los industriales enfrentados a los sindicatos y temerosos de la ideología marxista; de una frustrada clase media y del proletariado «víctima de los sindicatos y de los partidos políticos». Supo proponerles a todos la superioridad de la raza aria, única legitimada para dominar el mundo, y también concitar en todos el odio a los judíos como elemento cohesionador. Su obra Mein Kampf (Mi lucha) se convirtió en evangelio de masas, sin ser un tratado de política, y en el libro santo de la vida e ideas del jefe supremo, sin ser ninguna confesión del autor, a pesar del título. Según lo expuesto en él, la raza aria es superior por naturaleza; el Estado es la unidad de «sangre y suelo»; el «Führer» (caudillo) es la encarnación del Estado y por tanto del pueblo... Ninguna de estas ideas era nueva, pero igualmente acabaron ocasionando la devastación de Europa, la más cruel derrota del pueblo que las abrazó y el mayor genocidio de la historia.

Lazos de sangre

La búsqueda de unos antecedentes familiares que pudieran justificar el desequilibrio de Hitler indujo a la construcción de diversas historias acerca de sus orígenes. La oscuridad de los pocos datos reales y la escasa fiabilidad de algunos de los vertidos por él mismo en su libro Mein Kampf contribuyeron a suscitarlas. Así, se ha especulado sobre el posible alcoholismo de su padre, sobre que éste murió confinado en un manicomio, o que su madre fue una prostituta y tuvo un abuelo judío. Ninguna de estas hipótesis ha podido probarse; sólo se puede afirmar con absoluta certeza que Adolf Hitler nació el 20 de abril de 1889 en Braunau am Inn, pueblo fronterizo de la Alta Austria, y que fue el tercer hijo del matrimonio formado por el inspector de aduanas Alois Hitler y su tercera esposa, Klara Pólzl.

Se supone que su abuelo paterno fue Johann-Georg Hiedler, molinero de la Baja Austria que en 1842 se casó con una campesina, Maria Anna Schicklgruber, quien ya tenía un hijo natural de cinco años, Alois, cuyo padre no era otro, al parecer, que el propio Hiedler, aunque no le dio su apellido. Casi cuarenta años más tarde, en 1876, Johann-Nepomuk Hiedler, hermano del anterior, se presentó con Alois ante el párroco de Dóllersheim y le pidió que borrase del registro la palabra «ilegítimo» y lo inscribiera como Alois Hiedler por deseo expreso del padre. Johann-Georg Hiedler llevaba veinte años enterrado y la madre treinta, pero el cura accedió. Al año siguiente de su legitimación, Alois cambió su apellido Hiedler, de origen checo, por el de Hitler, de grafía similar a su fonética.

Alois Hitler había ingresado a los dieciocho años en el Servicio Imperial de Aduanas y hasta 1895 trabajó como oficial en distintos pueblos de la frontera austrobávara. Había contraído matrimonio en 1864 con Anna Glass, mujer mucho mayor que él que murió sin haberle dado descendencia en 1883. Un mes después, Alois Hitler se casaba con Franziska Matzelberger, quien ya le había dado un hijo, Alois, y tres meses después de la boda le dio una hija, Angela, la única con quien Adolf Hitler había de mantener relación durante toda su vida, y de cuya hija Geli Raubal llegó a enamorarse. Esta segunda esposa fallecería también poco más tarde de una tuberculosis.


Hitler hacia 1920

En enero de 1885, Alois Hitler se casó con Klara Pólzl en terceras nupcias. En mayo nacía Gustav; tanto Gustav como una hija nacida en 1887 murieron en la infancia. En 1889 nació Adolf, y más tarde Paula. Adolf Hitler tenía seis años cuando su padre se jubiló. La familia dejó entonces Passau (su último destino), se mudó a Hafeld-am-Traun, luego a Lambach y por último compraron una casa en Leonding, aldea en las afueras de Linz. Allí pasó Hitler su infancia, razón por la que Linz fue considerada la «ciudad natal del Führer» y se convirtió en centro de peregrinación nazi. Su padre murió el 3 de enero de 1903, dejando una pensión a su viuda. Dos años después, la madre vendió la casa por diez mil coronas y se establecieron en Linz.

En el verano de 1905, el joven Adolf abandonó la enseñanza secundaria sin pena ni gloria: su mediocre rendimiento en la Realschule le había valido la expulsión antes de conseguir título alguno. Cuando su madre murió en 1907, se trasladó a Viena con el dinero de la herencia. Dibujaba por afición y esperaba convertirse en un pintor académico. Se inscribió para las pruebas de acceso en la Academia de Artes Plásticas, pero fracasó en el examen de ingreso. Al año siguiente reunió sus dibujos y volvió a presentarse en la Academia, pero esta vez la institución, tras observarlos, ni siquiera lo admitió a examen.

De la milicia a la política

Fue entonces, a finales del año 1908, cuando Adolf Hitler entró en contacto con el antisemitismo a través de las teorías de Jörg Lanz von Liebenfels. En los textos de este monje austriaco se vislumbra ya el germen de su ideología posterior: Liebenfels llamaba Arioheroiker ('héroes arios') a la raza rubia de los señores, y los enfrentaba a los seres inferiores, los Affingen ('simiescos'), para concluir que la necesidad de diezmar a estos últimos estaba biológicamente justificada, pues acabaría con el engendro del mestizaje.

Durante todo el año siguiente Hitler consumió una gran cantidad de esos panfletos racistas. Ya entonces vivía miserablemente, había agotado su herencia y no trabajaba; se alojaba en una residencia para indigentes y pasaba hambre en sus vagabundeos por Viena. Desatendió los reiterados llamamientos para cumplir el servicio militar, y a los veinticuatro años (edad en la que cesaba la obligación de ingresar a filas), cruzó la frontera alemana, instalándose en Múnich. Ese mismo año (1913) las autoridades austriacas averiguaron su paradero y lo obligaron a comparecer primero en su consulado en Múnich y luego ante la comisión de reclutamiento de Salzburgo. Allí, dado su débil estado físico, fue declarado no apto e inútil para la milicia.


Hitler (derecha) con sus compañeros de armas en la Primera Guerra Mundial

La paulatina gestación de su ideario había llevado al joven Hitler a sentir un profundo desprecio por el ejército de su Austria natal, al que juzgaba débil e irrelevante en la Europa de aquel tiempo; admiraba, en cambio, el vigor y pujanza de las guarniciones alemanas. Por ello no debe sorprender que, tras haber eludido durante tres años el servicio militar austriaco, se enrolase voluntariamente en el ejército alemán el 16 de agosto de 1914, al poco de iniciarse la Primera Guerra Mundial.

Herido y gaseado en el frente, fue condecorado con sendas cruces de hierro al mérito militar de segunda y de primera clase, honor este último muy raramente concedido en un rango como el de sargento, que Hitler había alcanzado. Según testimonios, fue un soldado valiente y se ganó pronto la simpatía de sus superiores gracias a su marcado antisemitismo. Acabada la guerra con la humillante derrota de Alemania, Hitler vio desvanecerse la soñada grandeza de su patria adoptiva y la camaradería y demás alicientes de su vida aventurera de soldado. Todavía permanecería dos años en los cuarteles: fue nombrado oficial de propaganda del Reichswehr, el ejército regular, y se dedicó a predicar el ideal nacionalista y la lucha contra los bolcheviques entre los soldados, impartiendo numerosas conferencias.

El 12 de septiembre de 1919 fue comisionado para asistir a una asamblea del incipiente Partido Obrero Alemán (DAP) con el objeto de recabar información sobre dicha asociación. Hitler intercambió impresiones con el presidente del DAP, Anton Drexler, y todo habría terminado allí, quizá, si no hubiese recibido poco después una tarjeta postal en que la dirección del partido (el cual no contaba entonces con más de cincuenta afiliados) le comunicaba su ingreso en el mismo. Notable era sin duda su afinidad con aquella pequeña formación ultraderechista, que incluía entre sus orientaciones ideológicas el ideal expansionista pangermánico, el racismo antisemita y el rechazo frontal a las imposiciones del Tratado de Versalles.


Ludendorff (centro) y Hitler junto a otros protagonistas del putsch de Múnich

En marzo del año siguiente abandonó la milicia para dedicarse por entero a su actividad política. Fue entonces cuando el partido añadió «nacionalsocialista» a su denominación (convirtiéndose en el Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, de cuya abreviatura surgiría la palabra «nazi») y Hitler se convirtió en su jefe de propaganda. Como tal consiguió reclutar a personajes destacados de la sociedad muniquesa, esencialmente nacionalistas, y también a trabajadores, contribuyendo al por entonces modesto crecimiento del grupo. En 1921, Hitler se hizo con la presidencia del NSDAP, tras eliminar a Drexler; pronto instauró en el partido algunos de sus rasgos más visibles: el culto a la personalidad del «Führer» («líder» o «caudillo», es decir, el propio Hitler), la cruz gamada y el saludo con el brazo en alto.

En noviembre de 1923, siguiendo el ejemplo de Benito Mussolini en Italia, Adolf Hitler intentó el golpe de Estado conocido como el putsch de Múnich. Los dos cabecillas de la intentona, Hitler y Erich Ludendorff, fueron detenidos y juzgados; su fracaso le valió una sentencia de cinco años de prisión, de los que sólo cumplió once meses gracias a la presión de sus camaradas. De esa estancia en la cárcel de Landsberg surgió la primera redacción de Mein Kampf, dictada a Rudolf Hess, compañero de celda también condenado por la tentativa golpista que desempeñaría altos cargos en la Alemania nazi. Una vez puesto en libertad, y pese a las ideas expresadas en el libro (el expansionismo pangermánico, la doctrina del «espacio vital», la superioridad de la raza aria y el exterminio de las razas «inferiores»), nadie impidió a Hitler reorganizar su partido y continuar su incesante labor propagandística; era solamente otro ultranacionalista exaltado al frente de un grupo marginal.

El ascenso al poder

Pero la crisis económica de 1929 y su reguero de paro, privaciones y descontento entre las clases medias y bajas permitieron al partido nazi un desarrollo más que considerable: de un 2,6% de votos en 1928 pasó a obtener el 18,3% (seis millones de papeletas) y 107 diputados en los comicios de 1930. A partir de ese momento el partido comenzó a recibir ayudas de los magnates del Ruhr (Von Thyssen, Otto Wolff, Voegeler) y de otros grandes grupos industriales, los cuales, como había sucedido en Italia, vieron en el virulento anticomunismo y antisindicalismo de los nazis un instrumento que podía alejar una revolución obrera y disuadir a los sindicatos de sus reivindicaciones. En los dos procesos electorales de 1932, el Partido Nacionalsocialista no llegó a conseguir suficientes diputados para gobernar en solitario, pero se convirtió en la fuerza más votada (37,3 y 33,1%). En enero de 1933, presionado por el ejército y los sectores conservadores, el presidente de la República, Paul von Hindenburg, nombró a Hitler canciller.


En una marcha del partido en Weimar (octubre de 1930)

Ya en el poder, Hitler procedió sistemáticamente a la liquidación del sistema parlamentario y de toda posible oposición política fuera y dentro de las filas de su partido, apoyándose especialmente en la violencia de las Schutz Staffel (las «Escuadras de Defensa», más conocidas por las siglas SS, la policía militarizada del partido nazi). Primeramente, acusándolo de la autoría del incendio del Reichstag (27 de febrero de 1933), declaró ilegal al partido comunista, y tras salir reforzado de las elecciones de marzo de 1933, en que las obtuvo el 43,9% de los votos, exigió al Reichstag plenos poderes por cuatro años, que le fueron concedidos con la oposición del partido socialista.

El parlamento ya no volvería a reflejar la pluralidad ideológica, ni se convocarían nuevas elecciones: Hitler suprimió de inmediato los sindicatos obreros y las restantes formaciones políticas. Siguiendo los pasos necesarios para acabar con sus oponentes, promulgó una ley destinada vagamente a restablecer «el funcionamiento de carrera», pero que sirvió en realidad para depurar de judíos y marxistas los servicios del Estado, y en general para apartar a todo aquel que ocupase un puesto codiciado por los nuevos jefes nazis.


Con Paul von Hindenburg, presidente de la República (agosto de 1933)

Tras su primer encuentro con Mussolini (el 14 de junio de 1934, en Venecia), Hitler y la jefatura del nacionalsocialismo (Joseph Goebbels, Hermann Göring, Reinhard Heydrich y Heinrich Himmler) se deshicieron de su otrora apreciado Ernst Röhm y de otros opositores al régimen (Gregor Strasser, Kurt von Schleicher, Gustav von Kahr, a la cabeza de un centenar). Todos ellos fueron ejecutados a quemarropa en la llamada «Noche de los cuchillos largos» (30 de junio de 1934). El vicecanciller Franz von Papen se libró de la quema gracias a la protección del mariscal Paul von Hindenburg, todavía presidente de la República; no obstante, se aprestó a dimitir de su cargo, partió a Viena como embajador y más tarde siguió sirviendo a Hitler en Ankara.

El 2 de agosto de 1934 murió el anciano Paul von Hindenburg, presidente de la República. Hitler promulgó al instante una ley que unificaba ambos ministerios (presidencia y cancillería) y se convirtió en jefe supremo del Estado; el ejército juró fidelidad al «Führer y canciller Adolf Hitler». En ese momento las SS contaban con más de cien mil hombres dirigidos por un ex agricultor fanático que, según algunos, superó en temeridad al propio Führer: Heinrich Himmler.

El Tercer Reich

Bajo la finta del culto al deber y la jerga prusiana, el nuevo régimen reflejaba los rasgos de su creador: desordenado pero eficaz, enérgico y centralizado. Hitler fue fiel a sus costumbres vienesas: se levantaba a las doce, y amparado por un gran número de secretarios privados con rango ministerial que filtraban a sus visitantes, recibía únicamente a quien le apetecía y sólo por un par de minutos. Su vitalidad aparecía durante la noche, cuando su terror a la soledad le conducía a mantener extensos monólogos hasta la madrugada.

No existían reuniones de gobierno. Las leyes se promulgaban mediante sus escuetas órdenes, y más tarde bastaría sólo con una observación caprichosa. Sus incondicionales anotaban todas sus ocurrencias espontáneas y las transmitían a la nación como órdenes del Führer. Existe una anécdota a este respecto que, fundada o no, resulta sin duda ilustrativa: frente a la iglesia de San Mateo de Múnich, Hitler advirtió a sus acompañantes que la próxima vez no quería ver «esa pila de piedras». El Führer se refería a un montón de adoquines que estaban apilados cerca de la entrada, pero su observación se interpretó como una alusión a la iglesia, que fue demolida sin más al día siguiente.


Hitler en su primer encuentro con Mussolini (Venecia, junio de 1934)

Así funcionaban los mecanismos de gobierno de una nación de setenta millones de habitantes, y a pesar de todo, funcionaban; gracias a su intuición, a su olfato y a su elección sistemática de soluciones viables. Su política social surtía un efecto extraordinario sobre las masas. Ordenaba medidas que, según él, contraponían al «socialismo teórico» el «socialismo de los hechos»: préstamos «al matrimonio» que impulsaban la creación de nuevas familias; protección y descanso a las madres; envío masivo de niños (el primer año 370.000) a colonias de vacaciones; casas-cuna, guarderías; obras con denominaciones tan extrañas como «de socorro invernal», «del hogar», «fortaleza mediante la alegría», y campañas con títulos como «buena iluminación», «zonas verdes en la empresa», «educación popular», «departamento del ocio» o «belleza del trabajo», todas ellas pensadas con una estratégica visión de futuro y para un pueblo que salía de la miseria.

Entretanto, Heinrich Himmler recluía a medio millón de personas en los veinte campos de concentración y los ciento sesenta campos de trabajo. Posteriormente, millones de judíos, polacos, prisioneros de guerra soviéticos, sospechosos de semitismo y subversivos pasarían por los campos para perecer en las cámaras de gas o ser aniquilados por el trabajo. Primero de forma clandestina, luego más abierta, el exterminio respondía a los objetivos expuestos en Mein Kampf. Y también su política exterior; como Mussolini, Hitler ayudó al general golpista Francisco Franco en su lucha contra la República española. Luego camufló, con el nombre de «lucha contra el bolchevismo», la alianza con los dictadores. Lograda con la constitución del Eje Berlín-Roma-Tokio la adhesión del Japón, pudo amenazar la retaguardia de la Unión Soviética, que, con Francia, eran sus mayores amenazas.


Adolf Hitler (detalle de un retrato de Heinrich Knirr, 1937)

Decidido a realizar por la fuerza el ideal pangermánico, Hitler había retirado a Alemania de la Sociedad de Naciones en 1933 e impulsado el fortalecimiento y modernización del ejército, ignorando las limitaciones impuestas unilateralmente por los vencedores en el Tratado de Versalles; a fines de 1937 resolvió reunir todos los países y territorios de lengua alemana antes de que las potencias occidentales acabasen de rearmarse. Ante la alarma del ala más conservadora del ejército, hostil a las SS, se deshizo de Blomberg y de Von Neurath y destituyó al comandante en jefe de la Wehrmacht, Werner von Fritsch, acusándolo de homosexual, y al jefe del estado mayor Ludwig Beck, asumiendo él mismo el mando.

Seguro de la adhesión del Duce, en marzo de 1938 se apoderó de Austria. En septiembre, contando a su favor con el miedo a la guerra y al comunismo de las democracias occidentales, obtuvo la firma del Acuerdo de Múnich, con el cual ganó una cuarta parte de Checoslovaquia. El 15 de marzo de 1939, ya organizada la secesión eslovaca, Hitler ignoró los acuerdos y ocupó no solamente la región de los Sudetes, sino también el resto de Checoslovaquia, donde instauró el Protectorado alemán de Bohemia y Moravia. Invadió asimismo el territorio de Memel (Lituania) y a partir de abril reclamó los distritos alemanes de Polonia. Al mismo tiempo reforzó su alianza con Italia mediante el Pacto de Acero del 22 de mayo y firmó con la Unión Soviética el acuerdo Ribbentrop-Molotov (23 de agosto de 1939), un pacto de no agresión que aseguraba la no intervención de los rusos a cambio del reparto de Polonia. El 1 de septiembre de 1939, Hitler ordenó la invasión de Polonia, desencadenando la Segunda Guerra Mundial.

La Segunda Guerra Mundial

La primera fase de la contienda, conocida como la «guerra relámpago» (desde septiembre de 1939 hasta mayo de 1941), reveló no solamente el poderío armamentístico alemán, sino también la superioridad de la estrategia que le dio ese nombre: en lugar de movilizar pesadamente grandes contingentes de soldados hacia el frente, la aviación, los tanques y los carros de combate alemanes penetraban como armas de choque decisivas en territorio enemigo, abriendo paso a la infantería y avanzando velozmente por la desprotegida retaguardia hacia sus objetivos finales. En menos de dos años toda Europa, incluida Francia, se sometió al dominio de Hitler: Polonia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Francia, Yugoslavia y Grecia cayeron sucesivamente en manos del Reich; los restantes países eran aliados de Alemania o neutrales. Después de una batalla aérea que no había dado los frutos esperados, sólo Inglaterra resistía. Hitler cometió entonces el error de volver los ojos hacia Rusia.

Violando el pacto de no agresión firmado con Stalin, el 22 de junio de 1941 atacó la Unión Soviética; tras un vertiginoso avance, el fracaso frente a Moscú lo condujo a tomar él mismo el mando del ejército de tierra. Con la campaña rusa y el bombardeo de Pearl Harbour, que supuso la entrada en la guerra de Estados Unidos y Japón, se iniciaba la «guerra total» (de junio de 1941 a junio de 1943). Todavía a fines de 1942 su empresa era exitosa. Ese año ya se había anunciado, aunque veladamente, la «solución final a la cuestión judía», y se sucedían los asesinatos masivos de judíos en toda Europa. En Polonia acababan de construirse nuevos campos: Auschwitz-Birkenau, Chelmno, Majdanek, Treblinka, Sobibor, Belzec. Incluidos los judíos rusos, los cálculos menos pesimistas estiman las víctimas en más de cuatro millones de personas.


Hiltler anuncia en el Reichstag la declaración de guerra a Estados Unidos (diciembre de 1941)

El 10 de septiembre de 1942 se había conseguido la expansión máxima de los alemanes en la Unión Soviética. En noviembre las fuerzas aliadas desembarcaban en Marruecos y Argelia, y en enero de 1943 la Conferencia Angloamericana de Casablanca exigía la capitulación incondicional. Un mes después, el 2 de febrero de 1943, el ejército alemán debía rendirse en Stalingrado; esta derrota, que certificaba el fracaso de la campaña rusa, invirtió el curso de la contienda. Con la incorporación del formidable potencial industrial y militar de Estados Unidos y la URSS, el tiempo corría a favor de los aliados; perdida la oportunidad de una victoria rápida, los alemanes ya no tenían ninguna opción. La fase final de la guerra (de julio de 1943 hasta 1945) fue la del retroceso y hundimiento de las potencias del Eje en todos los frentes.

Durante los meses siguientes, en efecto, el poder alemán fue decayendo abrumado por diferentes acontecimientos. En abril y mayo de 1943 la resistencia se rebeló en el gueto de Varsovia y el Afrika Korps capituló en Túnez. En julio los aliados entraron en la fase de bombardeos masivos sobre Hamburgo y destruyeron gran parte de la ciudad; el día 10 de julio los ingleses y norteamericanos desembarcaron en Sicilia, y el 25 de julio de 1943 cayó Mussolini. Italia declaró entonces la guerra a Alemania. El 1 de diciembre, el máximo dirigente soviético, Iosif Stalin, el primer ministro británico Winston Churchill y el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, reunidos en la Conferencia de Teherán, coordinaron sus estrategias bélicas y empezaron a diseñar el nuevo mapa de Europa. En junio de 1944 los aliados desembarcaron en Normandía.

Hitler, acosado, sufrió además un atentado planeado por un grupo de oficiales cuando se encontraba en su cuartel general de Rastenburg (Prusia Oriental) y resultó con heridas leves. En venganza, hizo ajusticiar por lo menos a doscientos resistentes de la élite político-militar; Günther von Kluge y Erwin Rommel se suicidaron. El 25 de septiembre de 1944 hizo un llamamiento a las fuerzas populares como último intento de resguardar el Reich. Desgastado por las derrotas, ya era sólo un enfermo mental. No obstante, creía todavía en el triunfo, que esperaba obtener mediante armas secretas en proceso de preparación, y supervisó aún una última y desesperada ofensiva alemana en las Ardenas, desactivada por los aliados tras seis semanas de duros combates (25 de enero de 1945). Luego regresó al búnker de la cancillería.


Tras el atentado de Rastenburg (20 de julio de 1944)

Totalmente aislado, con la excepción de Joseph Goebbels, de su amante Eva Braun y de una reducida corte de aduladores, en abril de 1945 Adolf Hitler contempló cómo sus otrora fieles servidores intentaban abandonarlo: Hermann Göring, que trataba de acelerar el inevitable final; Heinrich Himmler, que incluso intentó contactar con el enemigo... Fiel a sí mismo, como expresó en 1939, jamás pronunciaría la palabra «capitulación». El día 13 de abril brindó con Göring por la muerte de su despreciado Roosevelt. El 20 volvió a brindar con sus pocos adeptos por su quincuagésimo sexto aniversario. Las tropas rusas, mientras tanto, proseguían su inexorable avance hacia Berlín.

En la madrugada del 29 de abril de 1945, Hitler ordenó que se presentase ante él un funcionario del registro civil y contrajo enlace con Eva Braun, su «fiel alumna». La había conocido cuando era empleada de la tienda de Hoffmann, su fotógrafo, en 1929, dos años antes de que su primer amor, Geli Raubal, hija de su hermanastro, se suicidara en el domicilio particular de Hitler en Múnich. Hitler y Eva Braun ya tenían previsto quitarse la vida cuando decidieron su unión. El Führer acababa de recibir hacía unas horas la noticia de la ejecución de Benito Mussolini frente al lago Como. Luego había ordenado que envenenasen a Blondi, su pastor alemán. Al acabar la ceremonia dictó un testamento político en el que nombraba al almirante Karl Dönitz presidente del Reich y jefe supremo del ejército. Al día siguiente, hacia las tres de la tarde, se oyó un disparo: Adolf Hitler y Eva Braun habían muerto, él de un tiro en la boca, ella por ingestión de una cápsula de cianuro.

Mientras en cumplimiento de sus disposiciones los dos cadáveres eran consumidos por las llamas en el jardín del búnker, Martin Bormann comunicó por radio a Dönitz que Hitler lo había designado su sucesor, pero ocultó la muerte del Führer aún veinticuatro horas más. En ese lapso, Bormann y Goebbels intentaron una nueva negociación con los soviéticos; pero fue un esfuerzo inútil. Entonces telegrafiaron otra vez a Dönitz comunicándole la muerte de Hitler. La noticia se dio por la radio el 1 de mayo con música de fondo de Wagner y Bruckner, dando a entender que el Führer había sido un héroe que había caído luchando hasta el final contra el bolchevismo. Esa misma noche dirigentes y altos cargos nazis emprendieron una huida masiva; fueron muchos los que lograron fugarse de Berlín. Goebbels prefirió, tras envenenar a sus hijos, matar a su mujer de un balazo y suicidarse de un tiro. El 7 de mayo de 1945 se firmó la capitulación en Reims, y el día 9 se repitió la firma en Berlín. En la misma fecha se suspendieron todas las hostilidades en los frentes europeos. El Tercer Reich había sobrevivido a su creador exactamente siete días.

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