Adolf Hitler

Al empezar el siglo aparecieron los principios de una ideología que años más tarde cristalizó en el nacionalsocialismo, doctrina conocida también con el nombre de nazismo. Los principios del nacionalsocialismo, reforzados por la teoría de la superioridad de la raza aria, se caracterizan por su antisemitismo, su apología de la acción y de la violencia y el autoritarismo.

Partidario de estas teorías, Adolf Hitler se unió en Munich al Partido Obrero Alemán tras la Primera Guerra Mundial. En 1920, dicho partido adoptó el nombre de Partido Nacionalsocialista Alemán del Trabajo y, al año siguiente, Hitler se convirtió en su líder. En el libro Mi lucha (Mein kampf) Adolf Hitler describe el programa del movimiento, al que añadió algunas vagas ideas socialistas y anticapitalistas, que fueron, posteriormente, abandonadas. El nacionalsocialismo reclutó a sus seguidores principalmente entre los oficiales desmovilizados, soldados y también miembros de la clase media baja.


Cartel del Partido Nacionalsocialista
con la leyenda ¡Viva Alemania!

El partido tenía unidades organizadas militarmente, las Sturmabteilungen (SA), más conocidas popularmente por los "camisas pardas" debido al color de sus uniformes. Junto a éstas, las Schutzstaffeln (SS), unidades de élite ligadas al propio Hitler mediante juramento, tenían a su cargo la seguridad interior del estado. Argumentando que el partido había de ser regido por un único líder, el Führer, Adolf Hitler se erigió en jefe indiscutible del mismo. La esvástica o cruz gamada fue elegida como emblema y, en 1926, se introdujo el saludo con el brazo derecho levantado y la exclamación "Heil Hitler".

El movimiento creció con insospechada rapidez, debido en gran parte a la inteligente utilización propagandista del sueño de una patria recuperada, libre de las limitaciones impuestas por el Tratado de Versalles; creció también por el temor al comunismo y las tensiones sociales originadas por la depresión económica y el desempleo. Los nazis utilizaron la violencia para eliminar a sus oponentes y, gracias a una propaganda atractiva y una táctica hábil, Hitler asumió el poder legalmente al ser nombrado canciller del III Reich (1933), comenzando entonces la dictadura del partido. Las masas fueron cautivadas por los espectaculares desfiles militares, perfectamente organizados; por los sugestivos ritos de las asambleas del partido y por efectivos lemas acerca de la grandeza del país. Todos los ciudadanos eran minuciosamente controlados por la Gestapo, la temida policía secreta.


Concentración nazi en Nuremberg (1934)

Hitler no fue el teórico del nazismo (se lo habría impedido su limitada cultura), y la ruda filosofía vitalista de la que se erigió en portador derivaba más bien de corrientes irracionales y autoritarias que ya habían aparecido en la tradición alemana y europea de los últimos siglos (desde Bobineau hasta H. S. Chamberlain o desde Spengler al verdadero teórico del racismo nazi, Alfred Rosenberg). En cambio, sí fue el despiadado y eficientísimo organizador, del movimiento nazi en primer lugar, y del Estado alemán, después.

Sus convicciones y sus intereses políticos triunfaron gracias al rigor con que aplicó siempre las leyes de la violencia, y a la absoluta falta de respeto a cualquier género de oposición, incluso la interna, como lo demuestra el dramático episodio de La noche de los cuchillos largos, el 30 de junio de 1934, cuando todos los líderes nazis con veleidades de independencia fueron aniquilados junto con sus seguidores. Supo ser intérprete de la frustración y de las contradicciones de una sociedad destrozada por la guerra, situación agravada por la falta de clarividencia de los vencedores y la presión de las condiciones que éstos habían impuesto.

El nazismo ocultó su naturaleza despiadada y antidemocrática tras una confusa filosofía en la que se mezclaban las evocaciones a la tradición romántica de una Alemania "bárbara" pero vital, el culto y la exaltación de la fuerza como manifestación, el desprecio por los ideales democráticos, vistos como señal evidente de debilidad y de escasa virilidad, la exaltación racista del pueblo alemán, destinado a destruir y a sustituir a las otras razas, inferiores y decadentes, y temas políticos más concretos como la polémica en torno al Tratado de Versalles, la militarización de la economía y de toda la vida nacional mediante la introducción en todos los niveles del Führerprinzip (principio jerárquico), y la necesidad de una inmensa expansión industrial como única solución ante la crisis económica.

La idea de la superioridad de la raza aria condujo al genocidio: seis millones de judíos y miembros de otras razas (denominadas "inferiores" por los nazis, entre ellos gitanos) fueron asesinados en los campos de concentración. Es uno de los crímenes contra la Humanidad más monstruosos que jamás se han producido en la Historia universal.

Mi lucha

Aunque sea de segunda mano, Hitler expresó personalmente estos principios en su autobiografía espiritual, Mi lucha (Mein Kampf, 1925) de la cual, en 1961, se publicó una parte inédita de carácter más teórico-programático. La obra fue escrita en 1924 (durante los nueve meses de prisión que pasó en la fortaleza de Landsberg, por el putsch de Munich de 1923) y publicada también en Munich los años 1925 y 1927, en dos volúmenes, que alcanzaron enorme difusión al subir al poder el régimen nazi (cuatro millones de ejemplares hasta 1939).

La primera parte de Mi lucha es de carácter autobiográfico y reconstruye su juventud en Austria y, en particular, el período de Viena (hasta 1912), cuando en la mente inquieta de Hitler germinaron los sueños de grandeza alemana y de odio antisemita; el período de Munich; la participación en la guerra, a la que Hitler se incorporó como voluntario en un regimiento de Baviera; la acción activista en la "Deutsche Arbeiterpartei", de extrema derecha, con su bagaje formado de revanchismo, racismo, superioridad germánica; la fundación del partido nazi.

De aquí en adelante, los datos autobiográficos y la predicación propagandista, los escorzos de una absurda filosofía de la historia y la mística de la raza se mezclan de tal manera que constituyen el manual del nazismo. Especialmente, el principio racial y de la superioridad alemana. "El que habla de una misión del pueblo alemán en la tierra, debe de saber que ésta sólo puede consistir en la formación de un estado que considere, como supremo objetivo suyo, la conservación y desarrollo de los elementos más nobles y más íntegros de nuestra estirpe ("Volkstum"), ante toda la humanidad... "

Al contrario de la concepción burguesa y judeomarxista, la filosofía del Volk afirma que la importancia de la humanidad está vinculada a los elementos fundamentales de la raza. Esta concepción ve en el hombre sólo un medio para alcanzar un fin: la conservación de la sustancia racial del hombre. Por lo tanto, no cree en la igualdad de las razas, sino que, junto a sus diferencias, reconoce una jerarquía de valores y favorece la victoria del mejor y del más fuerte. De estas premisas derivaba ya en forma explícita toda la exaltación "aria" y el genocidio que tuvo lugar más tarde. No se trataba sólo de afirmar: "hay que transformar a todo alemán y hacer de él un tipo nuevo de hombre", o de "fustigar a las masas para lanzarlas adelante aunque fuese con histérica violencia", sino de establecer que "sólo quien está sano puede procrear, que es escandoloso engendrar hijos malsanos o defectuosos".


Parada militar

El antisemitismo ocupa el centro de toda esta doctrina: hay que destruir al "insecto", prohibir el matrimonio mixto que engendra "monstruos mitad hombres y mitad monos" y acabar con la semilla hebrea en la tierra alemana. Por otra parte, el principio antidemocrático y jerárquico de los mejores desemboca en la exaltación de la personalidad "única", es decir, del jefe; por lo tanto, el Führerprinzip: "no hay decisiones de la mayoría, sino sólo personas responsables. Cada hombre tiene a su lado consejeros, pero la decisión es asunto de un hombre solo. Sólo él tendrá la autoridad y el derecho de mandar: el parlamento se limitará a dar consejos, pero ninguna cámara podrá decidir por votación. Este principio, que asocia la autoridad absoluta con la absoluta responsabilidad, creará progresivamente una élite de jefes".

Y así como se afirma la jerarquía interna de los más puros y fuertes, así también el pueblo alemán ejercerá, como ario puro, su dominio sobre todos los demás, después de haber destruido al enemigo interno, el judío. De aquí también la teoría del "espacio vital" como necesario para la expansión del predominio germánico y, en primer lugar, para la plena unificación del mundo de lengua alemana. La misma presunción de una misión divina está en esta superioridad del alemán, y en la persecución de los judíos ("Luchando contra el judío, defendiendo la obra del Señor").

El desarrollo de Mi lucha suponía un programa político más inmediato. Desde la previsión apocalíptica, Hitler descendía hasta la exigencia de la revisión radical del tratado de Versalles y a la humillación de Francia. Sin embargo, ya desde entonces Hitler preveía que la expansión de Alemania tendría lugar hacia las llanuras del Este mejor que en la sumisión de Oocidente.


Cartel invitando a enrolarse en la marina

El libro, escrito en condiciones de total excitación propagandista, desafia todo sentido crítico, es decir, no se razona ningún principio o afirmación. Cada propuesta vale por su ruda violencia, cada idea no tiene más antecedentes culturales que los de la publicidad nacionalista y racista más reciente (desde Spengler a Moeller y a Feder de Die Juden, que es el único autor de esta "tradición" recordado por Hitler) y una gran admiración por Nietzsche y Wagner malamente interpretados; sin ninguna finura ni originalidad, como no sea la del odio sin medida y la de la mística racial más inmediata.

Tal vez hayan sido precisamente la cruda violencia, el dogmatismo de la repetición inexhausta y el simplicismo primitivo los que han constituido la fuerza de penetración y la inhumana propagación de sus fórmulas. Todo lo que el dictador puso en práctica diez años más tarde se encontraba perfectamente expuesto en este libro, pero a pesar de ello nadie se sintió tan amenazado como para intentar detener, antes de que fuera demasiado tarde, al peligroso fanático que se anunciaba en sus páginas.