Bernardo O'Higgins

(Chillán, Chile, 1778 - Lima, 1842) Político y militar chileno, libertador de Chile y primer presidente del país. Ganado tempranamente para la causa independentista, Bernardo O'Higgins figuró entre los máximos valedores de la «Patria Vieja» (1810-1814), primer intento de emancipación que terminó con la derrota a manos de los españoles de las fuerzas de O'Higgins y José Miguel Carrera en el desastre de Rancagua (1814).


Bernardo O'Higgins

En el exilio argentino conoció a José de San Martín, con quien colaboró en la organización de un ejército libertador. En 1817, en una de las más gloriosas gestas de la historia militar americana, las tropas de San Martín y O'Higgins cruzaron los Andes y vencieron a los realistas en Chacabuco; un año después, la batalla de Maipú selló definitivamente la independencia de Chile. Proclamado Director Supremo de la nación (1817-1823), el propio O'Higgins dirigió los primeros pasos del Chile independiente.

Biografía

Bernardo O'Higgins Riquelme era hijo natural de Ambrosio O'Higgins, militar y administrador colonial de origen irlandés que, habiendo iniciado por entonces una brillante carrera al servicio de la Corona española, llegaría a ser nombrado gobernador de Chile (1788-1796) y virrey del Perú (1796-1801); su madre era doña Isabel Riquelme y Mesa, una bellísima joven criolla. Por conveniencias sociales, el niño recién nacido fue llevado a Talca, donde se crió al cuidado de don Juan Albano Pereira y de su esposa, doña Bartolina de la Cruz.

Cuando cumplió once años regresó a su ciudad natal para seguir estudios en el colegio de los religiosos franciscanos, pero no permaneció mucho tiempo en Chillán, pues su padre, que había sido nombrado gobernador de Chile el año anterior, decidió que completara su educación en un centro más selecto, como era el Convictorio de San Carlos, en Lima; el joven Bernardo prosiguió allí su formación hasta los diecisiete años.


O'Higgins durante su estancia en Londres

A esa edad, y siguiendo de nuevo las instrucciones de su padre, Bernardo O'Higgins se puso de nuevo en camino: esta vez se dirigió a Cádiz y de allí a Inglaterra, donde estudió en una academia inglesa; además de cursar materias científicas como geografía, botánica o matemáticas, aprendió francés, música, pintura y esgrima. Durante su estancia de tres años en Gran Bretaña vivió una apasionada aventura amorosa, al tiempo que crecía en él el interés por la política. En este sentido fue clave su relación con el prócer venezolano Francisco de Miranda, uno de los primeros y más influyentes ideólogos e impulsores de la emancipación de las colonias americanas, que le introdujo en la senda independentista.

Entretanto, don Ambrosio O'Higgins había sido nombrado virrey del Perú; enterado del giro ideológico de su hijo, dejó de protegerle, aunque a su muerte (1801) había resuelto legarle la mayor parte de su fortuna. En 1802, con veintitrés años, regresó a la patria, sustituyó el apellido materno por el paterno (pasando de Bernardo Riquelme a Bernardo O'Higgins), y hasta 1810 se dedicó a la hacienda que le dejó su progenitor, la cual engrandeció notablemente. Ocupó cargos públicos, como el de procurador del cabildo de Chillán, y al mismo tiempo se aplicó a la tarea de difundir el ideario emancipador.

La Patria Vieja

Las aspiraciones de los movimientos independentistas que por esos años habían ido gestándose en Chile y en toda la América Latina se vieron favorecidas por los graves acontecimientos que sacudieron la metrópoli. En 1808, la tropas de Napoleón invadieron España; el emperador francés obligó al rey español a abdicar e instaló en el trono a su hermano José I Bonaparte. El rechazo popular a la dominación francesa desató la Guerra de la Independencia Española (1808-1814).

Aunque pronto se constituyó en la península una Junta Suprema de España e Indias que se proclamó depositaria de la soberanía real, la extensión del conflicto bélico -que fue en su mayor parte una desgastadora guerra de guerrillas- había ocasionado de facto un vacío de poder en España. En 1810 comenzaron a formarse en las colonias americanas juntas de gobierno que, a imitación de la Junta de España, declararon al principio su lealtad al depuesto monarca español Fernando VII; tales juntas, sin embargo, sustituyeron a las autoridades coloniales anteriormente nombradas por la Corona, y pronto derivaron, por lo general, hacia posturas independentistas.

Ese fue también el caso de Chile, que era por entonces una capitanía general dependiente del Virreinato del Perú. El capitán general de Chile, Francisco Antonio García Carrasco, quiso anticiparse a tales movimientos con la detención de algunas significadas figuras de la causa emancipadora; su actuación desencadenó una revuelta popular el 11 de julio de 1810 y, cinco días después, hubo de presentar su renuncia. Ocupó su lugar Mateo de Toro y Zambrano, quien, para hacer frente a la situación, convocó el 18 de septiembre de 1810 un cabildo abierto, asamblea integrada por 450 notables que resolvió constituir la primera Junta de Gobierno de Chile. Con la puesta en marcha de la Junta, dotada de plenos poderes pero teóricamente fiel a la Corona española, se iniciaba el periodo denominado la Patria Vieja (1810-1814), primera y fallida fase del proceso de emancipación chileno.


Bernardo O'Higgins (retrato de José Gil de Castro, 1820)

Desde el mismo momento de la constitución de la Junta de Gobierno de Chile, Bernardo O'Higgins colaboró activamente con Juan Martínez de Rozas, vocal de la Junta, en la creación de un cuerpo de milicias y la convocatoria de un Congreso Nacional, para el que obtuvo en 1811 el acta de diputado por Los Ángeles. Luego se trasladó a Santiago y se integró en el Tribunal Superior de Gobierno.

Siguió después una confusa etapa en la que las luchas políticas se mezclaron con asonadas militares, que desembocaron en un proceso legislativo más activo y liberalizador. El golpe militar de José Miguel Carrera (4 de septiembre de 1811) supuso en la práctica el inicio de la ruptura con la metrópoli y condujo a O'Higgins a presidir, junto con el mismo Carrera y José Gaspar Marín, la cuarta Junta Gubernativa. Pero las intrigas y desavenencias provocaron el cansancio de Bernardo O'Higgins, quien renunció a su puesto en la Junta y se retiró a los trabajos de su hacienda.

Ante el rumbo que habían tomado los acontecimientos, el virrey del Perú, José Fernando Abascal y Sousa, encomendó al brigadier español Antonio Pareja la misión de imponer su autoridad en los territorios de la antigua Capitanía General de Chile. El desembarco de Antonio Pareja el 26 de marzo de 1813 en San Vicente interrumpió el retiro de O'Higgins, que se reincorporó al bando insurgente para alzarse en armas contra la intentona realista. Muerto el brigadier Pareja y derrotadas sus fuerzas, los realistas se concentraron en Chillán; contra ellos avanzó O'Higgins, pero la posición se mantuvo y los patriotas tuvieron que retirarse.


La caída de Rancagua, de Pedro Subercaseaux

Mientras las guerrillas realistas se extendían por la región, Bernardo O'Higgins mostró su valor personal y su pericia estratégica en diversos combates, méritos que le condujeron al generalato en 1814. Continuó la guerra contra los españoles, pero hubo de aceptar el convenio de Lircay (3 de mayo de 1814), por el que se mantenía la Junta de Gobierno de Chile a cambio de su sometimiento a la Corona española y de la retirada de las tropas realistas. Ambas partes, sin embargo, ignoraron inmediatamente lo pactado, y el virrey José Fernando Abascal envió un nuevo contingente de tropas al mando del brigadier Mariano Osorio para imponer por las armas la sumisión de territorio.

La llegada de refuerzos para los españoles selló la reconciliación entre Bernardo O'Higgins y José Miguel Carrera, quienes decidieron unir sus fuerzas para concentrarse en la defensa de la estratégica población de Rancagua. La caída de la ciudad (2 de octubre de 1814) originó una crisis política profunda que se saldó con la huida de muchas familias patriotas hacia Argentina, entre ellas la de O'Higgins. El «Desastre de Rancagua» puso punto final a la Patria Vieja: Chile se hallaba de nuevo bajo el dominio español.

La independencia de Chile

Durante su estancia en Argentina, Bernardo O'Higgins trabó íntima amistad con el general José de San Martín, quien había de desempeñar un importantísimo papel en la emancipación de Sudamérica. De la fraternidad que unió al prócer argentino con el libertador chileno dan fe su correspondencia, la inquebrantable lealtad que mantendrían durante toda su vida y los mutuos elogios que se dedicaron.

En una carta de O'Higgins a San Martín, fechada en Mendoza el 21 de marzo de 1816, el primero le pide al segundo cien pesos para atender a las apremiantes necesidades de su familia, que "igualmente que yo -escribe- se halla envuelta en la persecución del enemigo común". La anécdota revela la heroica austeridad y las precarias condiciones económicas a las que O'Higgins estuvo sometido durante estos años. El epistolario completo muestra, por otra parte, una cordial efusividad entre ambos patriotas y hasta contiene algunas íntimas confidencias, porque, como escribió O'Higgins, "no cabe reserva entre los que se han jurado ser amigos hasta la muerte".


San Martín y O'Higgins en la travesía de los Andes

San Martín entendía que la definitiva liberación de las colonias hispanoamericanas pasaba por la ocupación del Perú, centro neurálgico del poder virreinal, y proyectaba una expedición por vía marítima desde Chile; obviamente, la caída de la Patria Vieja arruinó sus planes, que precisaban el apoyo y colaboración de un Chile independiente. De este modo, la liberación de Chile se convirtió en el objetivo prioritario de ambos caudillos, que se dedicaron pacientemente a reunir y organizar las tropas que habían de llevar a cabo una temeraria empresa: cruzar los Andes por distintos pasos desde Argentina y caer sorpresivamente sobre Chile.

Bajo la dirección de San Martín y O'Higgins, la campaña de los Andes pasaría a la historia como la más grandiosa gesta militar americana de todos los tiempos: en enero de 1817, en sólo veinticuatro días, el llamado Ejército de los Andes cruzó la cordillera y obtuvo la crucial victoria de Chacabuco (12 de febrero de 1817), que abrió las puertas de la capital, ocupada dos días después. El 16 de febrero, una ciudadanía entusiasta ofrecía el mando supremo del Estado al victorioso general O'Higgins.

Sin embargo, los intereses prioritarios no pasaban entonces por la política sino por la guerra, y fue preciso continuar la lucha en el sur, aunque la suerte ya estaba echada y los realistas dejaron de ser una amenaza seria para la independencia de Chile, que fue proclamada formalmente el 12 de febrero de 1818. Ese mismo año tuvieron lugar los últimos enfrentamientos notables: el nuevo virrey del Perú, Joaquín de la Pezuela, movilizó un ejército de tres mil hombres, cuya dirección fue otra vez confiada a Mariano Osorio. Los españoles derrotaron a los patriotas en la batalla de Cancha Rayada, en la que el propio O'Higgins recibió un balazo en el brazo derecho. Aún convaleciente, quiso asistir sin embargo a la decisiva batalla de Maipú (5 de abril de 1818), en la que San Martín aplastó a los realistas, asegurando definitivamente la independencia chilena; al término del combate, San Martín y O'Higgins se fundieron en el célebre «abrazo de Maipú».


El abrazo de Maipú (detalle de un cuadro de Pedro Subercaseaux)

Conforme a la acertada visión estratégica de San Martín, la toma de Perú precisaba de medios navales; O'Higgins formó una escuadra, entregando su mando a Manuel Blanco Encalada primero y a Thomas Cochrane después. La flota de combate chilena logró mantener la supremacía sobre la armada virreinal, dominando toda la costa del Pacífico. De esta forma el general San Martín pudo organizar la expedición marítima que lo llevaría a desembarcar con su ejército en las costas peruanas (1820) y a apoderarse de Lima un año después, aunque la definitiva liberación del Perú correría a cargo de Simón Bolívar.

Director Supremo (1817-1823)

Tras la batalla de Maipú, Bernardo O'Higgins pudo dedicarse plenamente a las tareas de gobierno. Aprobó de inmediato un reglamento constitucional (1818) por el cual quedaban fijadas sus atribuciones y deberes en tanto que Director Supremo y se creaba un Senado con funciones legislativas y consultivas; se establecía asimismo una división administrativa en tres provincias y se garantizaban plenamente los derechos y libertades individuales.

La nación a la que ayudó decisivamente a nacer fue libre y unitaria gracias en gran parte a su esfuerzo. La libertad podía saborearse plenamente; libre era el comercio que abarrotaba el puerto de Valparaíso, libres las personas para circular sin pasaporte. La inteligencia y la cultura comenzaron a prosperar, pues en los pueblos se construían escuelas, se creaban bibliotecas y se impulsaban las artes.


La abdicación de Bernardo O'Higgins, de Manuel Antonio Caro

Militar afortunado y político honesto y consciente, O'Higgins hubo sin embargo de afrontar pruebas muy duras, como fueron los rencores desatados tras el ajusticiamiento en Mendoza de los hermanos Carrera y la insurrección de Concepción. La promulgación de la Constitución de 1822, que había de sustituir la provisional de 1818, supuso en este sentido el principio del fin: pese a sus indudables avances (limitación a seis años del mandato del Director Supremo, creación de dos cámaras legislativas y reparto de las atribuciones ejecutivas entre tres ministerios), algunas disposiciones que no llegaron a ser incluidas señalaban una orientación que chocaba con los intereses de la Iglesia católica y la aristocracia latifundista.

El 28 de enero de 1823, un cansado O'Higgins renunciaba al mando supremo de la patria en beneficio del general Ramón Freire, que había liderado la oposición al texto constitucional y protagonizado desde Concepción el pronunciamiento que acabó con su mandato. La decisión de O'Higgins ahorró al país una guerra civil; poco después, el prócer de la independencia abandonaba Chile rumbo a El Callao.

Últimos años

Su objetivo era seguir viaje a Inglaterra junto con toda su familia. Para ello confiaba en los rendimientos de unas haciendas peruanas que San Martín le había donado, pero los realistas ocupaban todavía buena parte del territorio del antiguo Virreinato y la situación era caótica. Recibido con todos los honores en Perú, fue amablemente presionado para que asumiera el mando del ejército. Simón Bolívar, que a su llegada a tierras peruanas tomó a su cargo la dirección de las operaciones militares que conducirían a la liberación del Perú, entabló de inmediato amistad con O'Higgins, que pasó a convertirse en un distinguido miembro de su Estado Mayor. Los avatares de la lucha los llevaron a la costa, mientras el general Antonio José de Sucre vencía a los realistas en la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824), liquidando el último foco de resistencia española en el continente.

O'Higgins no llegó a emprender el viaje a Inglaterra; en lugar de ello, permaneció en Perú tratando de rentabilizar sus posesiones de Montalván y Cuiba, en el valle del Cañete. Los rencores que había dejado atrás en Chile maquinaron para que se le interrumpiera el pago de su pensión militar. En 1826, sus partidarios quisieron devolverlo al poder mediante una conspiración en Chiloé, pero, una vez fracasada ésta, el general fue borrado del escalafón militar y quedó prácticamente proscrito.

Cuando en 1836 el ministro chileno Diego Portales declaró la guerra a la Confederación peruano-boliviana, el dictador boliviano Andrés Santa Cruz pretendió ganarlo para su causa; Bernardo O'Higgins condenó la guerra fratricida y se negó a apoyar a Santa Cruz, incluso cuando éste le ofreció el retorno al poder en Chile. En 1839, la victoria del general chileno Manuel Bulnes en Yungay frente a las tropas de la Confederación puso fin a la contienda; se abrió entonces en Chile un paréntesis con una política de reconciliación nacional liderada por el propio Bulnes. Nombrado presidente, Manuel Bulnes ordenó en 1841 que se restituyeran el rango y los sueldos debidos a O'Higgins, pero la reparación llegó cuando el libertador de Chile se hallaba ya a las puertas de la muerte. Falleció en Lima el 24 de octubre de 1842.