Susan Hayward

(Edythe Marrener; Brooklyn, 1919 - Hollywood, 1975) Actriz norteamericana. Susan Hayward llegó a convertirse en una de las máximas estrellas de Hollywood gracias a su tenacidad e indomable energía, características esenciales de su estilo interpretativo. Hija de un transportista marítimo de origen franco-irlandés establecido en Coney Island y de una madre de ascendencia sueca, estudió en la escuela pública de su barrio natal y se graduó posteriormente en cursos de comercio y contabilidad con la intención de trabajar como secretaria, pero muy pronto llamó la atención de algunos fotógrafos y se inició como modelo publicitaria en el área de Nueva York. Su agresiva belleza, siempre con un punto de irónico desgarro, le sirvió de pasaporte para Hollywood, donde en 1936 hizo una breve aparición con el nombre de Edythe Marrener en el cortometraje Pictorial Short.


Susan Hayward

Durante los dos años siguientes, la debutante apareció en papeles minúsculos en una serie de películas de la Warner (por aquella época ya había adoptado el nombre artístico definitivo de Susan Hayward): eran tan insignificantes tales intervenciones que hoy en día resulta difícil identificarla en ellas como aspirante a estrella en Hollywood Hotel (1937) o actriz aficionada en Comet Over Broadway (1938), dos comedietas de Busby Berkeley. En Campus Cinderella (1938), de Noel M. Smith, se la ve fugazmente como una de las animadas colegialas, y en Las hermanas (1938), de Anatole Litvak, la vislumbramos como activa encargada de la centralita telefónica.

Estas intervenciones minúsculas llamaron sin embargo la atención de los cazatalentos de David O'Selznick, que husmeaban ávidamente por todo Hollywood en busca de la actriz ideal para la Scarlett O'Hara de Lo que el viento se llevó. La fiera pelirroja tuvo la oportunidad de hacer su prueba, pero, como es sabido, el personaje fue a parar a una fascinante intrusa británica, Vivien Leigh. No obstante, la intentona sirvió para que abandonara el aburrido regazo de la Warner y buscara mejores posibilidades en un inquieto deambular por diferentes estudios: Paramount, Columbia, Republic... La aventura tuvo su primer fruto con el papel de Isobel Rivers en Beau Geste (1939), en la que acababa en brazos de Ray Milland; dirigido por William Wellman, el filme era una convincente adaptación de la exitosa novela de Percival Christopher Wren.

Hizo dos películas más con la Paramount ese mismo año, con actuaciones cada vez más relevantes, hasta que en una nueva mudanza, bajo el pabellón de Columbia, demostró la energía de la que era capaz en Los cuatro hijos de Adán (1941), de Gregory Ratoff, midiéndose nada menos que con la poderosa personalidad de Ingrid Bergman. Una breve parada en los estudios de Republic sirvió para que empezase a sacar las garras e intentara perfilar su personaje preferido: la "mala pécora" de irresistible atractivo. El acontecimiento se produjo en Adorable intrusa (1941), de Joseph Santley.

De regreso a la Paramount, para la que rodó seis películas entre 1941 y 1944 (contando con sus acostumbradas "mudanzas" de estudios), halló al fin personajes a su medida, en los que pudo desenvolverse con el brío y la fuerza temperamental que marcaban ya su personalidad estelar. En Among the Living (1941), de Stuart Heisler, conseguía que resultara simpático su amoral personaje de Millie Pickens; en su encarnación de Drusilla Alston de Piratas del mar Caribe (1942), se exhibía con extraordinaria desenvoltura en el ambiente cerradamente machista de Cecil B. DeMille. De una manera muy osada para la época se atrevió a vestir de manera masculina durante casi todo el metraje de Corazones en llamas (1942), de George Marshall, e incluso se hacía llamar Butch.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Susan Hayward participó activamente en películas propagandísticas; no sólo en documentales, en los que prestó su voz, sino también en las espectaculares revistas musicales que hacían los estudios para animar a las tropas. El final de la contienda significó para ella su asentamiento definitivo como actriz y el comienzo de su camino hacia el estrellato. En este período, que se inició en 1946 y se prolongó hasta el final de la década, estuvo apadrinada en la Universal por Walter Wanger, responsable directo de ese lanzamiento definitivo y de la definición y ubicación precisa de sus características en una tendencia interpretativa.

Tierra generosa (1946), de Jacques Tourneur, fue el primer título del ciclo Wanger en la Universal (aunque también hizo sus escapadas a otros estudios en este período). Se trataba de un western con escenas sentimentales en el que compartió reparto con Dana Andrews. En la siguiente, Una mujer destruida (1947), de Stuart Heisler, Hayward dio vida a una alcohólica casada con un famoso letrista de canciones. La actriz se adaptó plenamente a esa personalidad masoquista que fue la vertiente favorita de sus interpretaciones más celebradas, y Walter Wanger se proclamaba orgulloso de su "Bette Davis pelirroja", a la que proporcionó la oportunidad de tomarse una cierta revancha otorgándole un personaje próximo al de Scarlett O'Hara en Raíces de pasión (1948), de George Marshall.


Susan Hayward en ¡Quiero vivir! (1958)

Walter Wanger seguiría siendo el bruñidor del carácter de la estrella en otras dos películas definitivas que cerraban la colaboración entre ambos a lo largo de los años: Tulsa, ciudad de lucha (1949), de Stuart Heisler, y ¡Quiero vivir! (1958), de Robert Wise. En la primera personificó a Cherokee Lansing, una mujer de humilde origen que consigue levantar con su propio esfuerzo un imperio petrolífero. Hayward se pasó casi toda la película manchada de aceite, pero pocas veces estuvo más rotundamente bella. En ¡Quiero vivir! encarnó a Barbara Graham, una antigua prostituta que acaba ejecutada en la cámara de gas; por su interpretación de esta desdichada heroína consiguió al fin el Oscar de interpretación, más que merecido, después de haber sido nominada en cuatro ocasiones anteriores: Una mujer destruida (1947), My Foolish Heart (1949), de Mark Robson, With a Song in My Heart (1952), de Philippe Labro y Walter Lang, y Mañana lloraré (1955), de Daniel Mann.

Aunque se ha valorado como decisivo el papel que desempeñó Walter Wanger en la consolidación de Susan Hayward durante su estancia en la Universal, la película que le sirvió para obtener el Oscar se produjo en la United Artists. Otro gran estudio que albergó a la estrella durante la década de los cincuenta fue la 20th Century Fox. Trece películas rodó a las órdenes del magnate Darryl F. Zanuck, que sintetizó la personalidad de Hayward con exactitud: "posee las dos cualidades más deseadas en cualquier actriz: es bella y sabe actuar". No pudo tener mejor debut en la Fox que a las órdenes de un gran director de actrices: Joseph L. Mankiewicz la dirigió en Odio entre hermanos (1949), en la que Hayward mantuvo un rudo pugilato amoroso con Richard Conte.

La fuerte personalidad de Susan Hayward incitaba y estimulaba a los directores veteranos, forjados en las férreas disciplinas de los trabajos en cadena, a contar con una estrella que no era una muñequita blandengue, sino que se manifestaba capaz de arrostrar las más duras condiciones de rodaje y salir indemne, con una sonrisa en los labios. Así, no es extraño que durante su estancia en la Fox fuera reclamada en cuatro ocasiones por el más bronco y exigente realizador del estudio: Henry Hathaway.

La primera de esas ocasiones se dio con motivo del rodaje de El correo del infierno (1951), film en el que su personaje disfruta de dulces escenas de amor con Tyrone Power, a la par que se enfrenta a la violenta rijosidad de Jack Elam. En La hechizera blanca (1953), la estrella se vio transportada a una feroz África (rodada íntegramente en el plató) en la que era perseguida por salvajes y por una incansable tarántula; en esta ocasión, la recompensa amorosa fue un hombre a su medida: Robert Mitchum (con quien ya se había emparejado anteriormente en otro duelo memorable: The Lusty Men, de Nicholas Ray). En el western El jardín del diablo (1954), aparte de ser puesta fuera de combate de un puñetazo por Gary Cooper, el personaje que encarnaba Richard Widmark definió así a la dama: "Esta mujer ha sido moldeada en un bloque de arcilla". Y para concluir su colaboración con Susan, en La mujer obsesionada (1959), Hathaway la hizo precipitarse en una tormenta de tal magnitud que le provocaba un aborto.


En El jardín del diablo (1954)

No todos los directores de la Fox fueron tan severos con ella, y algunos permitieron que vistiera los hábitos de heroína de epopeyas bíblicas, como en David and Bathsheba (1951), de Henry King, o en Demetrius y los gladiadores (1954), de Delmer Daves. El mismo Henry King encomendó a Susan Hayward diferentes tareas: en I'd Climb the Highest Mountain (1951) exploró la vis cómica de la actriz y utilizó su voz para la narración de algunas partes de la historia; volvió a encerrarla en el plató para recrear un África imaginaria en dos ocasiones: Las nieves del Kilimanjaro (1952), donde Hayward se medía con Ava Gardner, y Caravana hacia el sur (1955), en la que Richard Egan le propina una fenomenal paliza y en la que aparece también sumergida en una espectacular tormenta tropical.

Posiblemente el director más considerado con ella en su época en la Fox fue Henry Levin, que le encomendó en La dama marcada (1953) interpretar el personaje de Rachel Donelson Robards, la frágil esposa de Andrew Jackson, que murió antes de que su marido llegase a la presidencia de los Estados Unidos. Su oponente masculino, Charlton Heston, en general reticente hacia sus compañeras de reparto, dejó escrito en sus diarios: "Si había una actriz capaz de interesar al público por los asuntos domésticos de los Jackson, ésa era Susan Hayward. En su papel de Rachel nos mostró a la recia muchacha de la frontera, a la esposa apasionada y la valiente compañera".

Su última película para la Fox sería El valle de las muñecas (1967), de Mark Robson, en la cual entró para sustituir a Judy Garland, inicialmente elegida para esa colaboración; obtuvo por sólo dos semanas de rodaje unas ganancias de 50.000 dólares. El mismo año interpretó uno de sus personajes más memorables: Mrs. Lone-Star Crockett Sheridan, la exquisita mantis religiosa de Mujeres en Venecia (1967), a las órdenes del que había sido su primer director en la Fox, Joseph L. Mankiewicz. Como despedida de la pantalla rodó Los vengadores (1972), de Daniel Mann, compartiendo reparto con William Holden, precisamente el actor que había sido su galán veintinueve años antes en Juventud ambiciosa, de Edward H. Griffith.

Al navegar por este sitio, aceptas el uso de cookies y los anuncios personalizados Entendido Más información